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2006/03/19 METODOLOGÍA DEL PROGRESO HUMANO ICuando hablamos de ciencia, muchas veces pensamos en la imagen proyectada por la tecnología, en especial los últimos adelantos, o lo que de catastrófico o fantástico viene a la mente. Nos imaginamos el computador, las naves espaciales, el rayo láser, los satélites, y las nuevas medicinas; pero también pensamos en las armas nucleares, la devastación del ambiente y la manipulación de la genética. Como dijo Freud: “El Occidente es un mundo esclavizado por su propia imagen”. A la ciencia le asignamos la causa de todo lo bueno y lo malo que se hace con ella, pero no lo que de verdad es ella- como se le asignaba a la “magia negra”, en la época medieval, el poder de cambiar la naturaleza con un simple abracadabra. Si embargo existe una contradicción clara en este argumento; porque en sí, la ciencia se mantiene inerte –como una hoja de coca- hasta que el científico teórico la captura de la naturaleza, la eleva a la superficie a través del proceso o método científico, y la revela desnuda, con todas sus características naturales, al resto de la humanidad. Ahora bien, si años más tarde se desarrolla la tecnología que hace de la hoja un estupefaciente, y en otro plano los narcotraficantes se enriquecen vendiéndola a costa del sufrimiento de todo un pueblo, entonces: ¿a quíen culpamos: a la hoja de coca, al científico que la estudia, a la tecnología, al narcotraficante, o al consumidor? El caballo de montar, desarrollado por el hombre durante la primera Revolución Biológica de hace 10.000 años, fue utilizado para la carga y el transporte hasta que individuos como Ghengis Khan y los conquistadores españoles lo utilizaron para devastar la humanidad europea e indígena. Hitler no inventó el tanque de guerra y sin embargo devastó Europa con él. Si hubiese decidido usar el caballo, otro hubiera sido el curso de la historia del siglo XX. Con mucha dificultad conceptual se puede echar la culpa a la ciencia de los usos que se hacen de las tecnologías derivadas. La ciencia renace cada vez que la mente humana descubre un nuevo aspecto de la naturaleza. Esta novedad natural observada por el hombre o científico, puede quedar inerte o convertirse en tecnología de uso social; así lo observamos en el uso de los animales y el arado en la Mesopotamia, o la destreza de la mano y los quipus en la civilización Inca. Como dice el refrán: el cuchillo no mata, el hombre mata. La política doctrinaria- comos ser el nazismo- es un fin es sí, que usa cualquier instrumento para conseguir imponerse La más singular de las cualidades humanas es la capacidad de planear y conceptualizar. Esta facultad aísla al hombre del resto de los animales y lo convierte, como dijo Eric Fromm, en “el más indefenso e ingenuo de los animales”- porque ya no se vale de su instinto animal solamente. Esta capacidad, que los griegos llamaban “logos”, le da al hombre el poder de liberarse y forjar su propio destino a través del conocimiento. En palabras de Amado Nervo: “El hombre es el arquitecto de su propio destino”. En este caso nos referimos al hombre interior e intelectual, porque el verdadero individualismo del hombre surge conforme se revela su trabajo creativo, producto de su mente imaginativa, dentro de un contexto social. No pretendemos que los científicos, que son tan humanos como cualquiera, y menos los doctrinarios, se hagan cargo absoluto del destino social. El hombre que mejor puede conducir su destino y el de su patria es el hombre creativo que usa una metodología inductiva y creativa, de observación y renovación, que no reconoce doctrinarismos, sobretodo de tipo político. El hombre al que me refiero es aquel que asume su responsabilidad social y usa su capacidad creativa, para identificarse como ser racional. Este espíritu de vida creativa lo comparte por igual el carpintero y el físico, el poeta y el microbiólogo, o el pintor y el médico. El científico se involucra personalmente en su trabajo, como lo hacen el poeta y el pintor. Cuando un hombre usa el lenguaje, o pinta o esculpe, o penetra en los conceptos simbólicos de la física, se despierta en él un placer por la exploración de su propia actividad. Este sentimiento está en el corazón de la creatividad humana. Esto es tan válido para los científicos teóricos como para todos los seres creativos. Un científico que trae originalidad a su trabajo, tiene el mismo sentimiento de orgullo y lucidez en el descubrimiento, como el poeta al juntar las palabras. Esta es la verdadera liberación del espíritu humano, como consecuencia de la expresión original de su capacidad creativa. De esta experiencia, además, se derivan los verdaderos valores humanos que sirven de alimento al progreso humano real- porque el hombre tiene que progresar, no regresar. Los valores de la ciencia, propiamente entendida, no se derivan de la virtud de los científicos, ni siquiera del dedo acusador de los códigos de conducta profesional. Los valores de la ciencia, a los que me refiero, se derivan de la práctica misma de la ciencia. Es decir, son condiciones ineludibles de su propia práctica. En términos sencillos: si algo está mal se corrige, no se perpetúa en el afán inútil de probar algo, como lo hizo Stalin, con terribles consecuencias humanas. Estos son los conceptos básicos con los que se alimenta la educación científica de las sociedades más avanzadas, constituyéndose en arma secreta (para los que no captan su significado) de progreso y desarrollo en el siglo XXI, a pesar de los doctrinarismos. Lo que planteo aquí, no es, por lo tanto, una teoría científica de cómo manejar la sociedad, pero más bien el uso de la teoría en sí- la misma que me da la libertad intelectual de poder exponer este modelo-, como campo en común entre el científico y el ser racional creativo y original. Este es un modelo dinámico que puede servir de referencia intelectual para establecer el diálogo científico-social. No propongo una doctrina, sino lo contrario: una metodología de búsqueda de solución a los problemas sociales a través del pensamiento inductivo y la creatividad que como atributos del trabajo científico son más afines con el concepto racional del hombre y su necesidad de progreso en términos humanos. Jaime Otero-Zuazo Jaime Otero-Zuazo
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